El Compañero que no entiende de despedidas ni de países

15.04.2026
Mi amado Baku. El duelo que nadie nombra. Dejar a quien siempre te esperaba.

Hay duelos que no tienen nombre, duelos que no se anuncian en voz alta ni se validan en las conversaciones cotidianas, duelos que se viven en silencio porque parecen pequeños frente a otros más visibles, pero que por dentro nos rompen de una manera lenta y persistente; uno de ellos es el que cargamos cuando migramos y dejamos atrás a ese compañero de cuatro patas que no entiende de fronteras, de papeles ni de decisiones "necesarias", ese ser que solo sabe de amor, de rutinas compartidas y de esperas interminables junto a una puerta que ya no se abre.

Recuerdo el día en que me fui, no por el peso de las maletas sino por el peso de su mirada, porque en ese instante supe que había algo que no podía explicarle, algo que no cabía en caricias ni en promesas dichas al oído, y es que nadie nos enseña a despedirnos de un compañero de cuatro patas que sigue vivo, a convivir con su ausencia mientras imaginamos su día a día lejos de nosotras, a sostener la culpa que aparece en forma de pregunta constante: ¿me habrá entendido?, ¿me habrá perdonado?

La migración nos exige partirnos en pedazos, pero hay fragmentos que quedan latiendo con más fuerza, y uno de ellos es el vínculo con ese animalito que fue hogar cuando todo lo demás era incierto; por eso, cuando llega la noticia de una enfermedad, la distancia se vuelve insoportable, el cuerpo entra en una especie de urgencia sin salida, porque queremos estar, tocar, acompañar, pero solo podemos habitar la impotencia de las llamadas, de los mensajes, de las fotos que llegan como consuelo insuficiente.

En esos momentos, la red de apoyo deja de ser un concepto abstracto y se vuelve una necesidad vital, porque hay amigas que sostienen con palabras, que escuchan sin minimizar el dolor, que entienden que no "es solo un animal", sino una historia compartida, una presencia que nos sostuvo cuando nadie más lo hacía; hay familiares o personas de confianza que se convierten en nuestras manos en la distancia, que acarician por nosotras, que llevan al veterinario, que describen con detalle cómo está, cómo come, cómo respira, y que, sin saberlo, nos ayudan a construir una despedida posible.

También están esos abrazos (presenciales o a través de una pantalla) que no buscan soluciones, sino calma, esos espacios donde podemos llorar sin sentirnos exageradas, donde el dolor no necesita justificarse; porque sí, duele, y duele mucho, y reconocerlo es el primer paso para hacerlo llevadero.

Hacer este proceso más habitable implica también un reenfoque emocional, una manera distinta de mirar lo que estamos viviendo, no desde la culpa que paraliza, sino desde el amor que hicimos posible durante el tiempo compartido; recordarnos que nuestra decisión de migrar no fue abandono, que ese vínculo no se rompe con la distancia, que sigue vivo en la memoria del cuerpo, en los gestos aprendidos, en la forma en que aún pronunciamos su nombre.

Para nuestro compañero de cuatro patas, aunque no podamos explicarle con palabras, hay formas de prepararlo que pueden aliviar su ansiedad: dejarle objetos con nuestro olor, mantener rutinas estables con la persona que lo cuida, asegurarle espacios seguros y conocidos, y, si es posible, sostener una presencia a través de la voz, porque aunque no comprenda el lenguaje, reconoce el tono, la cadencia, la emoción; y para nosotras, es igual de importante construir rituales que nos conecten, como hablarle en voz alta, mirar sus fotos no como castigo sino como puente.

La ansiedad por separación, tanto en humanos como en animales, necesita ser acompañada con paciencia y compasión, evitando la autoexigencia de "estar bien" y permitiéndonos sentir lo que llegue, porque negar el dolor solo lo intensifica; técnicas simples como la respiración consciente, anclar la atención en el presente, o incluso crear pequeños momentos diarios dedicados a recordar sin culpa, pueden ayudar a que la emoción no nos desborde.

Y luego está ese momento que tememos, la despedida que quizás no podamos vivir en cuerpo presente, la posibilidad real de que no haya un próximo encuentro, y ahí el corazón se enfrenta a su mayor desafío: aceptar sin ver, amar sin tocar, soltar sin cerrar; en ese umbral, muchas encontramos consuelo en despedidas simbólicas, en cartas, en palabras dichas al aire, en la certeza de que el amor no necesita presencia física para existir.

Migrar es aprender a vivir con múltiples duelos abiertos, pero también es descubrir la profundidad de nuestros vínculos, la capacidad de amar más allá de la cercanía, y aunque nadie nos prepare para dejar atrás a quien nos esperaba moviendo la cola, en ese dolor también hay una verdad inmensa: que fuimos hogar para alguien, y que ese alguien, incluso en la distancia, sigue siéndolo para nosotras.

Martha Ortega

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Artículo extraído de la sección "Nosotras" de nuestra página www.ondoantopagunea.com

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