
Entre amigas y nuevos caminos
Nos dijeron que emigrar era empezar de nuevo...

Lo que casi nunca se dice es que, en ese comienzo, también se aprende a convivir con fantasmas.
Emigrar no es solo cambiar de país, es cambiar de ritmo, de lenguaje emocional, de referencias internas. Las personas que migramos no solo dejamos un territorio: dejamos una forma conocida de habitar el mundo. Muchas extrañamos nuestra historia, la vida cotidiana, los vínculos que no necesitan explicación. Extrañamos incluso a quienes éramos antes de tener que volvernos fuertes todo el tiempo. Y esa parte del proceso rara vez se nombra.
Hay historias que no logran volver a juntarse. Personas que no se reencuentran, familias y afectos que quedan suspendidos porque no dio tiempo de verse una vez más. No siempre es falta de amor ni de voluntad; muchas veces son las circunstancias las que deciden, entonces lo que queda atrás no es solo un país, sino un eco: el eco de la familia, el eco de una mesa compartida, el eco de un espacio que ya no existe de la misma manera. También queda el eco del lugar que aún no se ha construido en el nuevo sitio, y esa sensación persistente de estar viviendo algo que todavía no termina de sentirse hogar.
Las familias de quienes emigramos no se quiebran: se suspenden. Como una respiración contenida, como una promesa abierta que no siempre tiene fecha. A menudo no se sabe si podrán volver a reunirse, porque no todo depende del empeño o del deseo. Existen otras realidades -fronteras, papeles, tiempos, economías- que también pesan. Nombrar esa incertidumbre es parte del duelo.
Siempre falta la tribu, el tacto querido, la mirada que entiende sin preguntar. Cuando se rompe ese ciclo natural de cercanía y cuidado, el cuerpo lo resiente; experimentamos más ansiedad, más tristeza, más sensación de distancia. Por eso se habla de duelos no resueltos en la migración: porque cuando alguien migra, nada desaparece del todo, todo sigue allí, en pausa. El exilio, en realidad, es con el tiempo.
Y, aun así, seguimos. Seguimos porque el amor sostiene. El amor de quienes se quedan y el de quienes nos vamos. A veces se sostiene del aire; otras veces se sostiene de promesas, y muchas veces sobrevive a pesar de la ausencia. De ahí la importancia de mantener vivo el vínculo, de no permitir que la culpa, el cansancio o la rutina alejen a las personas que se aman. De no dejar que el "luego llamo" se convierta en una costumbre silenciosa. El amor, cuando hay distancia, también necesita intención.
Llamar, escribir, mandar audios largos, hacerse presente tanto como sea posible. Crear estrategias de cercanía no es un gesto menor: es una forma de cuidado. La nostalgia no es una falla emocional; es una señal de vínculo. Llorar por extrañar no vuelve débil a nadie, nos vuelve más humanos. Emigrar no es soltar; es transformar, es aprender a habitar la ausencia sin permitir que se convierta en olvido.
Muchas personas migrantes aprendemos a sonreír para mostrar que estamos bien. Todas lo hemos hecho alguna vez, aunque por dentro sigamos cargando culpas, miedos, desamparos y preguntas profundas sobre quiénes somos ahora. Pero migrar no se trata solo de resistir: también se trata de sanar, de crecer, de construir una identidad más amplia. La migración no solo mueve el cuerpo de un lugar físico; mueve la mente, las emociones, la manera de narrarse a una misma.
Por eso este proceso necesita ser mirado con resiliencia y sin juicio. La vida no es lineal; está hecha de capas, de ritmos distintos, de realidades que conviven. Cada historia migratoria impacta de forma diferente. Hay fiestas que pesan y amplifican los silencios, y hay otras que abrazan, reparan y sostienen. La migración no solo quita; también da… a veces en silencio, a veces a través de distancias necesarias.
En el camino, muchas mujeres creamos nuevos vínculos, construimos rutinas que nos sostienen. Encontramos amigas que se vuelven refugio y hogar. Esos círculos de contención no reemplazan lo que quedó lejos, pero acompañan. No se trata de comparar ni de competir con el pasado, sino de integrar el presente con esta nueva realidad. Es otra realidad, otro tiempo, otra forma -más honesta- de estar en paz con una misma.
Hay momentos de estabilidad y otros en los que aparece un nudo difícil de nombrar. No es fragilidad; es la vida recordando que la historia personal tiene capas, que los recuerdos conviven con el presente, que reconstruirse no siempre se nota a primera vista, pero ocurre.
Por eso, el primer objetivo de este nuevo año es claro: no al juicio.
Y el primer no juicio que necesitamos practicar es hacia nosotras mismas. Leer lo que sentimos con honestidad, aunque venga en varios tonos, porque en ese camino hay manos que sostienen, palabras que alivian y amigas que alimentan.
Quizás ahí esté la clave de la migración femenina: entender que emigrar, entre amigas y nuevos caminos, no es una pérdida absoluta, sino un proceso vivo. Uno donde el amor no desaparece, solo aprende -con paciencia y ternura- nuevas formas de quedarse.
Hasta pronto.
Martha Ortega
