
Entre dos mundos
La reconstrucción invisible y silenciosa de las mujeres que cruzamos fronteras.

Migrar no es solo cambiar de país. Es cambiar de lugar en el mundo. Es despertar un día en una ciudad donde nadie conoce tu historia, donde tu recorrido no tiene testigos y tus logros no funcionan como carta de presentación. Es empezar desde cero, aunque llegues con una vida entera en la memoria.
Para muchas mujeres, migrar implica mucho más que trasladarse: significa reconstruir identidad, vínculos, seguridad emocional y proyectos personales al mismo tiempo. Significa aprender a sostenerse en medio del movimiento. En el lugar de origen, cada persona ocupa un espacio: una red, un rol, un reconocimiento. Al migrar, ese espacio se suspende. No desaparece, pero deja de ser visible. Y entonces surge una pregunta profunda, muchas veces silenciosa:
¿Sigo siendo valiosa si aquí nadie sabe quién soy?
La migración pone a prueba la identidad como pocos procesos en la vida. Casarse transforma prioridades, ser madre reordena afectos, un duelo cambia la mirada, un nuevo trabajo modifica rutinas. Pero migrar lo hace todo al mismo tiempo. Es una transformación integral: emocional, social, cultural y psicológica.
Para integrarnos, comenzamos a ajustar nuestra voz, nuestras palabras, nuestros gestos. Aprendemos nuevos códigos, nuevas formas de vincularnos, nuevas maneras de habitar el espacio. En ese proceso necesario de adaptación, muchas veces aparece un quiebre interno:
¿Quién soy ahora, en este nuevo lugar?
No somos las mismas, pero tampoco dejamos de ser quienes fuimos. Habitamos un territorio intermedio, reconstruyéndonos. Este proceso suele ser doloroso. Implica despedirse de certezas, soltar identidades conocidas, atravesar pérdidas que no siempre se nombran. Sin embargo, también abre una posibilidad: integrar nuestras raíces con la fuerza de la mujer que estamos llegando a ser.
Quien migra vive entre dos mundos: el que dejó atrás y el que intenta construir. Por eso duele. Duele la nostalgia, la distancia, las ausencias en momentos importantes, los vínculos sostenidos con creatividad y esfuerzo. Tanto quien se va como quien se queda enfrenta un desafío: no confundir la distancia con abandono. Sostener un vínculo en la lejanía no es negar la ausencia; es reinventar la presencia.
Con el tiempo, muchas mujeres migradas descubren que el país al que podrían volver ya no es el mismo. No porque hayan dejado de amar su origen, sino porque ellas ya no son las mismas. Hay lugares que permanecen en el mapa, pero dejan de formar parte del futuro. Cuando eso se comprende, migrar deja de ser una alternativa y se convierte en una responsabilidad: la de construir desde cero, sin garantías, sin atajos y sin redes preestablecidas. Allí se aprende que el progreso no es nostalgia, sino constancia.
Existe una idea extendida de que quien migra lo hace porque "no tenía otra opción". Sin embargo, en muchos casos, migrar es una decisión profundamente valiente. Implica soltar estabilidad, reconocimiento, afectos y comodidad para enfrentarse a lo desconocido.
Dejar la zona de confort no es escapar; es atreverse a crecer en territorio incierto, pero cambiar de país no garantiza cambiar de historia. Las creencias, los miedos y la voz interna más exigente también cruzan fronteras. Por eso no hay verdadera transformación sin trabajo personal. La reinvención real comienza en el interior.
El proceso migratorio incomoda, y esa incomodidad es parte del aprendizaje. Implica trámites que fallan, idiomas que cuestan, errores visibles, días de soledad y desorientación. Implica desarrollar paciencia, resiliencia y flexibilidad emocional.
En el caso de las mujeres que migramos por amor, el desafío se intensifica. Es una apuesta mayor. No solo nos adaptamos a un nuevo país, sino también a una familia que ya existía, a una cultura distinta, a códigos que no elegimos y a una historia previa. Todo al mismo tiempo. Muchas veces, en ese proceso, minimizamos nuestras propias necesidades para sostener el vínculo. Normalizamos el dolor, lo escondemos, lo postergamos. Sin embargo, el verdadero desafío no es resistir en silencio, sino construir espacios donde ambas personas puedan existir plenamente.
Migrar no es solo mudarse. Es dejar atrás una forma de vivir, una manera de habitarse. Es aprender a sostenerse sin referencias, a confiar en la propia capacidad, a reconstruir seguridad desde adentro. Hay días de cansancio, fragilidad y duda. Y, al mismo tiempo, hay un deseo profundo de pertenecer, de encontrar calma, de sentirse en casa aun estando lejos.
Las mujeres migradas ya atravesamos mucho: enfrentamos miedos, nos adaptamos, volvimos a empezar, aprendimos a amar a distancia, a soltar lo que venía dado y a reinventarnos sin manual. Ese recorrido merece ser visibilizado. La migración no es un proceso lineal. No es una historia permanente de éxito. Tiene retrocesos, pausas, pérdidas invisibles y logros silenciosos, pero también construye una fortaleza profunda que transforma.
Migrar no es para todas. Pero para quienes lo elegimos, suele ser una experiencia que rompe para luego reconstruir con más verdad, más conciencia y más autenticidad. Porque quien migra no solo cruza fronteras: se cruza a sí misma. Y en ese cruce descubrimos que nuestro valor no depende del territorio que pisamos, sino de la historia que somos capaces de volver a escribir, una y otra vez, con dignidad, coraje y esperanza.
Migrar es un proceso que nos pone a prueba. Y mientras más luchas contra él, más pesado se siente. Hoy te invito a transitarlo con más amabilidad. A conocer los alrededores de tu nuevo hogar. A reírte más en vez de avergonzarte. A buscar nuevas formas de integración. A mirarte con más compasión. Este proceso no vino a empeorarte la vida. Está aquí para darte la oportunidad de vivir de manera más consciente y más libre.
Hasta pronto,
Martha Ortega
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Artículo extraído de la sección "Nosotras" de nuestra página www.ondoantopagunea.com
