Mujeres que avanzan

15.12.2025

Cuando migrar también es escucharse.

Migrar no comienza en un aeropuerto ni en una frontera. Comienza antes, en ese instante silencioso en el que una mujer reconoce que necesita moverse, aunque no tenga claro hacia dónde la llevará ese impulso. Y tampoco termina al llegar; continúa en cada amanecer extraño, en cada palabra nueva que se incorpora al vocabulario, en cada gesto cotidiano que nos exige reaprender la vida.

Cruzar un océano implica mucho más que recorrer un trayecto. Es cargar con una historia que a veces se siente frágil y otras demasiado pesada. Partimos con documentos, con fotos, con la ropa justa y, sobre todo, con la incertidumbre de quién seremos al otro lado. Entonces descubrimos que dejar un país no es solo abandonar una casa; es permanecer suspendidas entre dos mundos mientras intentamos que ninguno de esos mundos nos rechace.

La experiencia migrante no tiene una cara única, es un mosaico amplio que reúne recorridos muy distintos. Algunas mujeres llegan con currículums sólidos y aun así tropiezan con puertas que no reconocen sus logros. Otras llegan con poco más que la determinación de abrirse paso. Muchas trabajan cuidando, limpiando, sosteniendo vidas ajenas mientras la propia se reconstruye en silencio. Y hay quienes, incluso con cierta estabilidad, descubren que pertenecer no es algo que se compre.

Aun con trayectorias diferentes, compartimos algo fundamental. Migrar implica exponerse, repetirse a diario que habrá un lugar para una misma, aunque todavía no se encuentre, y aprender a convivir con la nostalgia que aparece en los momentos menos esperados.

España nos confronta con ritmos distintos y nos obliga a reorganizar la vida desde detalles mínimos. Los horarios sorprenden, los trámites confunden y los acentos nos piden escuchar dos veces. Incluso lo simple (preguntar una dirección, hacer una compra, entender una broma) se convierte en un recordatorio de que estamos empezando desde cero.

Sin embargo, entre esas dificultades aparece la posibilidad de reconstruirnos con una forma nueva. Descubrimos que la identidad no se rompe al cruzar fronteras; se ajusta, se expande y se afina. Y en ese proceso surgen hallazgos inesperados, desde amistades que sostienen hasta vecinas que acompañan, pasando por grupos de mujeres que se reconocen entre sí, aunque no compartan un pasado común.

Durante años, muchas mujeres cargaron sus historias en silencio. Ahí es donde entendemos la importancia de hablar entre nosotras. Son historias marcadas por la necesidad, por la renuncia o por el miedo a no ser escuchadas. Pero cuando una mujer decide narrarse, algo se abre, no solo para ella, sino también para quienes la rodean.

Las historias compartidas tienen un poder profundo. Iluminan lugares donde antes había vergüenza o silencio. Nos recuerdan que lo vivido tiene valor incluso cuando no encaja en los relatos oficiales. Y nos enseñan que apoyarnos no es un gesto secundario; es la manera más humana de avanzar sin sentirnos solas.

Hablar de lo que hemos atravesado nunca es un acto menor. Es un modo de transformarnos por dentro, una forma de afirmación, una manera de reclamar espacio en el mundo. Cada testimonio que encuentra oído, cada palabra que se libera, vuelve más visible la desigualdad que aún enfrentamos y, al mismo tiempo, la fortaleza que construimos al resistir.

Migrar no es únicamente desplazarse, es reconocerse en el movimiento. Es permitir que nuestra historia vuelva a tener voz. Es recordar que, aunque el camino cambie, nuestra dignidad no se negocia.

Cuando una mujer decide contarse, abre un espacio en el que otras también se atreven. Y de ese gesto discreto nace una comunidad que acompaña, que sostiene y que transforma.

Lo que mueve el mundo no es el ruido, es la fuerza serena de quienes nos atrevemos a decir "aquí estoy".

Y cada vez que una mujer migrante levanta la voz, el mundo se ensancha un poco más.

Hasta la próxima.

Martha Ortega

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Artículo extraído de la sección "Nosotras" de nuestra página www.ondoantopagunea.com

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