Nosotras las mujeres

15.03.2026

Ser mujer no es una categoría. Es una historia en movimiento.

Cada 8 de marzo no celebramos flores ni felicitaciones; conmemoramos memoria. La memoria de las que caminaron antes, de las que alzaron la voz cuando hacerlo costaba el empleo, la reputación o la vida. La memoria de las obreras textiles que exigieron jornadas dignas, de las sufragistas que reclamaron el derecho a votar, de las que convirtieron el silencio impuesto en discurso político. Gracias a ellas hoy habitamos espacios que antes nos estaban prohibidos.

Ser mujer es, todavía, un ejercicio de resistencia elegante. Es trabajar dentro y fuera de casa. Es liderar empresas y, al mismo tiempo, sostener conversaciones escolares, citas médicas y economías familiares que requieren ingeniería emocional. Es madrugar antes que el mundo para que todo funcione, es regresar cansada y, aun así, escuchar, organizar, resolver. Ser mujer es también migrar; cruzar fronteras con una maleta pequeña y una esperanza enorme. Dejar atrás idioma, barrio y certezas para ofrecer a los hijos un horizonte más amplio. Las mujeres migrantes no solo cambiamos de país; reinventamos nuestra identidad. Aprendemos nuevas reglas, enfrentamos miradas ajenas, trabajamos el doble para demostrar la mitad. Y, aun así, construimos comunidad, sostenemos culturas, enviamos remesas y abrazos a distancia.

Ser mujer es negociar con brechas salariales que persisten, con techos de cristal que se disimulan de modernidad, con expectativas sociales que siguen preguntando "¿cómo lo haces todo?" en lugar de cuestionar por qué deberías hacerlo sola.

Ser mujer es caminar con alerta en determinadas calles, es medir palabras en determinadas reuniones. Es saber que el talento no siempre es suficiente cuando el sistema no es equitativo, pero ser mujer también es una potencia colectiva.

Es la red invisible que se teje cuando una recomienda a otra, cuando una cuida a los hijos de otra, cuando una abre una puerta y la sostiene para las que vienen detrás. Es la conversación honesta entre generaciones: la abuela que no pudo estudiar y la nieta que cursa un máster; la madre que soportó silencios y la hija que nombra lo que duele sin pedir permiso.

El 8 de marzo no es un gesto simbólico; es un recordatorio de que los derechos que hoy consideramos normales (educación, voto, autonomía económica, acceso a espacios de poder) fueron conquistas. Nada fue concesión amable, todo fue lucha organizada.

Y, sin embargo, esta fecha no se habita desde la rabia sino desde la conciencia. Reconocer lo avanzado no niega lo pendiente. La igualdad real aún exige políticas, compromiso empresarial, corresponsabilidad en los hogares y una revisión profunda de las narrativas que nos definen.

En ciudades y pueblos, donde tradición y modernidad dialogan de frente, el 8 de marzo nos invita a preguntarnos qué legado queremos dejar. ¿Seremos espectadoras o protagonistas del siguiente capítulo?

Ser mujer es habitar contradicciones: fragilidad y fortaleza, ternura y determinación, cuidado y ambición. Es sostener la vida y, al mismo tiempo, exigir calidad de vida. Es llorar y avanzar, caer y levantarse con los tacones en la mano si hace falta.

Hoy no pedimos permiso para existir en plenitud; honramos a las que abrieron camino viviendo con la convicción de que el nuestro también debe ensancharse.

Porque nosotras no solo conmemoramos la historia. La escribimos cada día.

Hasta pronto

Martha Ortega