
Retiro Espiritual en "Ain-Karim", Haro
En aquel vergel, situado en un altozano riojano de la ciudad de Haro, las viñas y el cereal se extienden por doquier. Aquel rincón ofrecía ya sus primeros frutos, adelantando lo que la "casa materna" gestaba en su vientre junto a sus moradores. Los árboles frutales estaban en plena inflorescencia; el sol, el viento fresco y los atardeceres embelesaban la mirada.
Todo era una eclosión de blanca luz: paseos en silencio y en compañía, al calor del sol, entre la piedra, el césped y praderas llenas de margaritas. El entorno invitaba al centramiento y ofrecía respuesta. Era una compañía intramuros donde salíamos a "rumiar", a agradecer en silencio y a encontrar una comunión vigorosa con el hermano sol, la hierba y los primeros trinos de la primavera. Allí, a las afueras, todo entraba en un único movimiento de vida destinado a reconfortar a aquellas almas peregrinas en continua búsqueda.
ALLÍ DONDE EL ESPÍRITU, TOMA CUERPO…
Y toma cuerpo nada más llegar, en la tarde-noche, haciendo consciente lo que traemos para estos días: nuestras esperanzas y nuestros deseos. Toma cuerpo cuando hacemos la primera de las meditaciones, invitando a la mente y al pensamiento recurrente a que se queden fuera. Así, vamos creando una atmósfera, un tiempo y un espacio que se dilata; un espacio que nos concedemos a nosotras mismas.
Y toma cuerpo por la mañana, cuando nos hacemos conscientes de que podemos recibir la bendición del sol —o mejor, de que el sol nos atraviesa invariablemente—; de que la tierra también nos bautiza con las pequeñas perlitas de rocío, o de que ríos de agua viva llegan para sumergirnos. Tomamos entre las manos ese baño desde la cabeza hasta los pies, soltando las alas y cada articulación, invitando al cuerpo a su movimiento.
El espíritu toma cuerpo en las constelaciones, mirando a nuestros ancestros y honrando cuanto nos han dado; preguntando por lo no comprendido, pidiendo claridad en cuanto a la pertenencia, al orden que ocupamos y al equilibrio en la entrega. Son caminos que se van abriendo.
Toma cuerpo en la canción y en la meditación, mirando a nuestro linaje y recibiendo su fuerza; su invitación a que lleguemos a nuestra mejor versión, al Ser que nos ocupa. De ahí, podemos girarnos y mirar a nuestro futuro.
El espíritu toma cuerpo cuando, en círculo, ¡danzamos al unísono! Recibimos la fuerza de arriba, ofreciéndonos a cada compañera en derredor, ofreciendo esa energía a la tierra misma que sembramos y dándonos un gran abrazo. Portadoras somos.
Y toma cuerpo en danzas donde nos vamos juntando y acercando, buscando el movimiento que quiere manifestarse: rodillas, cadera y, en la pelvis, un precioso diamante de mil ángulos y caras. La envolvemos con todo el cuerpo, siendo cada vez más conscientes, pisando con toda la planta de los pies —sobre todo la parte blanda—, confiando en esa vulnerabilidad que nos inunda de información. Nos llega esa energía de la tierra que asciende y nos eleva. Al acercarnos al círculo sagrado que acompaña todo el retiro, nos damos cuenta de que nos podemos apoyar unas en otras. Hay un movimiento vibratorio único en el que sentimos que no estamos solas, que el grupo sostiene y la comunidad tiene sentido. Las lágrimas son compartidas y es grande la dicha que sentimos.
Toma cuerpo cuando danzamos al unísono, primero desde nuestros propios latidos, enfatizando la pisada y llamando a la tierra para sabernos encaminadas a un único latido: el propio del ciclo de la vida (bum-bum, bum-bum, bum-bum). Nos giramos, como en cada círculo danzado, mirando y avanzando hacia nuestro propio futuro, cada una hacia su camino con fuerza y determinación.
Y toma cuerpo cuando en las constelaciones aparece el permiso de la Madre para seguir avanzando en la vida: apegos, bloqueos y lealtades que honrar; fidelidades siempre en clave amorosa. Y también cuando aparece el Padre con esa fuerza que nos impulsa, que protege, respeta y responde ante su linaje. Aparece entonces el horizonte: el horizonte de sentido y de elección que anida en nosotras y nos invita a mirar al Pozo de Sicar, al Pozo de Jacob, ¡y no a otro sitio!
Aquel pozo en el que nos espera, inesperadamente, un pocero que se ofrece a sí mismo con un agua humilde, clara, sencilla y casta (como diría san Francisco). Un agua que nace de lo profundo, en lo hondo y oscuro del misterio de la vida; tan fresca y liviana, dotada de la mayor de las dichas. Un agua destinada a satisfacer la sed de una vez y para siempre... ¿Cómo no mirar allá?
El espíritu toma cuerpo cuando a ese horizonte profundo nos acercamos temerosas, con sed manifiesta, conscientes de nuestra desnudez. Lo hacemos desde el miedo y el pudor, pero también con la confianza y la fuerza que despierta el grupo, desde el no juicio y la calidez de quienes acompañan el proceso. Somos sabedoras de que alguien, tiempo atrás, ya depositó una llama y un fuego en nuestro corazón.
Y es que todo aquí es bendición. Hay una fuerza que nos impulsa: luz, sentido, cercanía… comunidad. Constelaciones donde todo son abrazos; abrazos canalizando vida que sobreabunda, abrazos de encuentro y alegría, de paz y calidez, de sinceridad y reconciliación. Puentes de vulnerabilidad que sanan heridas y conectan auténticamente corazón con corazón.
El espíritu toma cuerpo cuando nos hacemos conscientes de que podemos tomar nuestra piedra de tropiezo y entregarla a ese pozo, que la engulle y la integra. Ahí va, a lo profundo. Entregamos la piedra de tropiezo, y el resto de las piedras de tropiezo, tantas que son, llevándolas a su lugar, honrándolas y agradeciendo su función.
Toma cuerpo cuando en nosotras mismas reconocemos nuestra mejor versión y aceptamos el legado que los ancestros han dejado grabado a fuego en cada una de nuestras células. Hacemos los honores, conectamos con esa mejor versión, la sentimos, la observamos, la miramos, nos acercamos, la abrazamos y ella nos acompaña en adelante. ¡Qué constelaciones aquellas! Desde ahí.
Toma cuerpo cuando comprendemos que somos como una gran vasija llena de agua viva, formadas por la Gran Maestra de la Vida; vasijas que el Gran Alfarero ha querido que sean así, con su especificidad, sus "defectos" y sus peculiaridades. Vasijas moldeadas con cariño, hechas de arcilla, agua, viento y fuego. En la meditación, acariciando nuestra vasija entre los dedos, estas nos hablan. Hablan de ser portadoras de vida; nos invitan a estar y a ser para el sediento, para la vida que necesita ser regada, para aquellas lágrimas, penas, heridas que necesitan ser lavadas. Vasijas que son misión: la de dignificar toda vida.
Esa es la luz que nos llega: reconocer que somos portadoras de vida y que estamos hechas para dar. Ahí adquiere sentido el "yo" que pregunta por su sentido. El otro aparece como una oportunidad y un regalo: otra vasija de vida en el camino. Como obsequio y anclaje de esta hermosa experiencia, recibimos nuestra vasija de cerámica. Y se refuerza con los iconos, cartas con frases nutritivas que acompañan y expanden la energía que llevamos dentro, que ya va siendo mucha "a lo largo de los días"
Toma cuerpo en cada comida, en cada merienda y en cada almuerzo, reponiendo fuerzas, soltando tensiones y compartiendo miradas cómplices y sonrisas. Una incipiente comunidad (hermanas de la Compañía de María inclusive) que se vive a ella misma, entrelazada en amor y amistad.
Y el espíritu toma cuerpo en ese agradecimiento, en las reflexiones y meditaciones donde el sonido de una cigarra se mezcla con los cuencos tibetanos. Todo nos invita a avanzar hacia el futuro, a tomar la vida. Ese puente donde el espíritu se encarna es, y ha sido, Ain-Karim: "La fuente de la viña, Viña fecundada por inagotable fuente ".
Ain-Karim ha sido un gran vientre materno y su sala, el pozo de Sicar, la placenta donde se ha ido gestando el misterio, moldeando, haciendo cuerpo, acogiendo lo que llega. Hace referencia al encuentro de las dos gestantes que marcaron un hito en la historia. Hoy se nos invita a nosotras a un hito en nuestra propia historia, un antes y un después: Isabel y María, el fin de un ciclo y una nueva vida que nace del espíritu. Todo ello aderezado con la fuerza de quien, desde el Amor, invoca a Dios y llama a Lázaro: "¡Sal afuera, soltadle, quitadle la mortaja!". Es un llamado a la esperanza, a la fe y a decirnos a cada una que es posible nacer otra vez hoy, aquí, en espíritu y en verdad.
Y el espíritu toma cuerpo cuando, en lo secreto y con paz, honramos aquellas almas heridas que voluntariamente decidieron despedirse de esta vida.
Este es mi sentir entre otras tantas experiencias, anécdotas y luces. Entre lágrimas y agradecimientos, despedimos este espacio con el corazón un poco encogido, el horizonte ampliado y en compañía de esta misteriosa Luz que nos habita.
Gracias por tanto… a todas. ¡ESTAMOS!
Manex Aranburu




